Tango Paradise

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Del Libro “ Tangos en el Éter”, de Paula Ferrío

Los movimientos del Tango tienen órbitas. Cada pista de baile es una suerte de mapa interestelar y cada pareja parece representar los planetas. Hay ejes, hay rotación y traslación. Hay recorridos concéntricos que se mueven en relación a todo lo demás. Como en una carta astral, el tango es una combinatoria entre diferentes relaciones y conexiones. Pero la circularidad nos toca en las distintas formas posibles, a veces más redonda o más elipsoidal. A veces más lenta o más rápida. A veces más ordenada o más caótica. Y además se gira en contra de las agujas del reloj, es decir en contra del tiempo. Me puedo imaginar que los que bailamos sabemos en el fondo, que lo que hacemos es jugar con el tiempo. Desafiarlo. Quizás es por eso que creemos que de algún modo lo eternizamos. En un sentido, pareciera que lo volvemos atrás, ya que lo que hacemos es danzar con las grandes orquestas de los que ya no están. Sin embargo, el caminar del Tango es siempre un avance, un futuro prometedor que nos conecta con el andar de la vida misma. Y paradójicamente, esa pareja abrazada es puro presente, es la máxima manifestación de lo efímero, de lo que dejará de ser de manera inmediata. El regalo del devenir viene a decirnos que “ el eterno retorno es posible” Tal vez Zaratustra, al descubrir esta visión del tiempo, podría haber pensado en el tango como un modo de imprimirlo y volver a repetirlo cada vez. Se me ocurre que en esta secuencia cíclica aparece también la idea de un continuo despertar. Pero para despertar, primero hay que dormirse, hay que olvidarse. Borges nos dice: “el infinito tango nos lleva hacia todo” con la misma liviandad con que declara: “de modo que el olvido puede ayudar a la invención”. Y es aquí donde se nos revela un acto de “fe ciega” en el que el tango no podría existir sin la posibilidad de improvisarlo. Es toda una aventura aprender y descubrir sus leyes, conocerlas para luego olvidarlas. Y hacer algo propio, reinventarse, ser parte de un universo nuevo cada vez. Abrir una dimensión distinta, ilimitada, donde el abrazo se conjugue en la coordenada espacio-temporal, mediante la música -que no es otra cosa que una expresión material del modo tiempo- y nos sea dado a vivir el “Gran Presente”. Y así, cómo decía Gardel poder “Volver”. Pero esta vez ya despojados de la carga maldita que recuerda la herida absurda de una pequeña y angustiosa vida. Sino con una nueva visión, tal vez alguna forma de ritualizar el enorme agradecimiento de poder recibir las inmensas experiencias pasadas, presentes y futuras.

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